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Qué dice

 

Nada real puede ser amenazado

Nada irreal existe

En esto radica la paz de Dios

 

Así es como empieza Un Curso de Milagros. Hace una distinción fundamental entre lo real y lo irreal; entre el conocimiento y la percepción. El conocimiento es verdad bajo una ley, la ley del amor o Dios. La verdad es inalterable, eterna e inequívoca. Puede ser reconocida, pero no cambiada. Aplica a todo lo que Dios creó, y sólo lo que Él creó es real. Está más allá del aprendizaje porque está más allá del tiempo y de todo tipo de proceso. No tiene opuesto; ningún comienzo y ningún final. Simplemente es.

El mundo de la percepción, por otra parte, es el mundo del tiempo, del cambio, de los comienzos y los finales. Está basado en la interpretación, no en hechos. Es un mundo de nacimiento y muerte, fundado en la creencia en la escasez, pérdida y muerte. Ha sido aprendido más que dado, selectivo en sus énfasis perceptuales, inestable en su funcionamiento, e impreciso en sus interpretaciones.

 

Del conocimiento y la percepción surgen dos sistemas de pensamiento diferentes que son opuestos en todos los aspectos. En el ámbito del conocimiento no existe otro pensamiento que el de Dios, porque Dios y Su creación comparten una misma Voluntad. El mundo de la percepción, sin embargo, está hecho por la creencia en opuestos y en voluntades separadas, en perpetuo conflicto entre ellas y con Dios. Lo que la percepción ve y oye parece ser real porque permite que entre en la conciencia sólo lo que está de acuerdo con los deseos de quien percibe. Esto lleva a un mundo de ilusiones, un mundo que necesita constante defensa precisamente porque no es real.

 

Cuando has sido atrapado en el mundo de la percepción estás atrapado en un sueño. No puedes escapar sin ayuda, porque todo lo que tus sentidos te muestran meramente testifican la realidad del sueño. Dios ha proporcionado la respuesta, la única Salida, el verdadero Ayudante. Es la función de Su Voz, Su Espíritu Santo, para mediar entre los dos mundos. Puede hacer esto porque, mientras por una parte Él conoce la verdad, por la otra también reconoce nuestras ilusiones, pero sin creer en ellas. El objetivo del Espíritu Santo es ayudarnos a escapar del mundo del sueño, enseñándonos cómo invertir nuestro pensamiento y desaprender nuestros errores. El perdón es la gran ayuda de aprendizaje del Espíritu santo para invertir este pensamiento. Sin embargo, el Curso tiene su propia definición de lo que el perdón es realmente, al igual que define también el mundo a su manera.

 

El mundo que vemos simplemente refleja nuestro propio marco de referencia interno: las ideas dominantes, deseos y emociones de nuestras mentes. “La proyección produce la percepción” (Texto, pag.445). Miramos primero dentro, decidimos el mundo que queremos ver y después proyectamos ese mundo fuera, convirtiéndolo en la verdad cuando lo vemos. Lo hacemos verdad por nuestra interpretación de qué es lo que vemos. Si usamos nuestra percepción para justificar nuestros propios errores; nuestra ira, nuestros impulsos de atacar, nuestra falta de amor en cualquier forma que pueda adoptar, veremos un mundo de maldad, destrucción, malicia, envidia y desesperación. Debemos aprender a perdonar, no porque estamos siendo “buenos” y “caritativos”, sino porque lo que estamos viendo no es verdad. Hemos retorcido el mundo por nuestras defensas retorcidas, y por lo tanto estamos viendo algo que no está ahí. A medida que aprendemos a reconocer nuestros errores de percepción, también aprendemos a dejarlos pasar o “perdonar.” Al mismo tiempo nos estamos perdonando a nosotros mismos, dejando pasar nuestros distorsionados propios conceptos del Ser Que Dios creó en nosotros y como nosotros.

 

Sólo las mentes pueden unirse realmente, y lo que Dios ha unido el hombre no lo puede separar (Texto, pag. 356). Sin embargo, es sólo al nivel de la mente de Cristo donde esa verdadera unión es posible, y de hecho, nunca se ha perdido. El “pequeño yo” busca enaltecerse él mismo por la aprobación externa, las posesiones externas y “el amor” externo. El Ser Que Dios creó no necesita nada. Es por siempre completo, seguro, amado y amoroso. Busca compartir más que conseguir; extender más que proyectar. No tiene necesidades y quiere unirse con otros debido a su mutua conciencia de abundancia.

 

Las relaciones especiales del mundo son destructivas, egoístas e infantilmente egocéntricas. Sin embargo, si se ofrecen al Espíritu Santo, estas relaciones pueden convertirse en lo más sagrado de la Tierra, los milagros que indican el camino del regreso al Cielo. El mundo utiliza sus relaciones especiales como un arma final de exclusión y una demostración de la separación. El Espíritu Santo las transforma en una perfecta lección de perdonar y despertar del sueño. Cada una es una oportunidad para permitir que las percepciones sanen y los errores sean corregidos.  Cada una es otra oportunidad para perdonarse a uno mismo y perdonar al otro. Y cada una se convierte en otra invitación al Espíritu Santo y al recuerdo de Dios.

 

La percepción es una función del cuerpo, y por lo tanto representa un límite de la conciencia. La percepción ve a través de los ojos del cuerpo y oye a través de los oídos del cuerpo. Evoca las limitadas respuestas que hace el cuerpo. El cuerpo aparenta ser auto-motivado e independiente, sin embargo de hecho responde sólo a las intenciones de la mente. Si la mente quiere usarlo para atacar de cualquier manera, se convierte en presa de la enfermedad, la edad y la decadencia. Si en lugar de eso la mente acepta el propósito del  Espíritu Santo para él, se convierte en un medio útil de comunicación con otros, invulnerable mientras se le necesita, y que se deja a un lado suavemente cuando su uso se ha terminado. De por sí es neutral, como lo es todo en el mundo de la percepción. Tanto si se utiliza para los objetivos del ego o del Espíritu Santo depende totalmente de lo que quiere la mente.

 

Lo contrario de ver a través de los ojos del cuerpo es la visión de Cristo, que refleja fortaleza en lugar de debilidad, unidad en lugar de separación, y amor en lugar de miedo. Lo opuesto a oír a través de los oídos del cuerpo es la comunicación a través de la Voz de Dios, el Espíritu Santo, que habita en cada uno de nosotros. Su voz parece distante y difícil de oír, porque el ego, que habla en nombre del pequeño  yo separado, parece ser mucho más fuerte. Esto en realidad está invertido. El Espíritu Santo habla con claridad inconfundible e irresistible atracción. Nadie que elija no identificarse con el cuerpo podría de ninguna forma estar sordo a Sus mensajes de liberación y esperanza, ni podría dejar de aceptar gozosamente la visión de Cristo en feliz intercambio de su miserable imagen de sí mismo.

 

La visión de Cristo es el don del Espíritu Santo, la alternativa de Dios a la ilusión de la separación y de la creencia en la realidad del pecado, la culpa y la muerte. Es la única corrección para todos los errores de percepción, la reconciliación de los aparentes  opuestos en que se basa este mundo. Su luz amablemente muestra todas las cosas desde otro punto de vista, reflejando  el sistema de pensamiento que surge del conocimiento y haciendo  el retorno a Dios, no sólo posible, sino inevitable. Lo que fue considerado como injusticia hecha a uno por algún otro, se convierte ahora en una petición de ayuda y unión. El pecado, la enfermedad y el ataque son vistos como percepciones erróneas que piden solución a través de la dulzura y del amor. Las defensas se abandonan porque donde no hay ataque no hay necesidad de ellas. Las necesidades de nuestros hermanos se vuelven nuestras, porque están emprendiendo el viaje con nosotros a medida que avanzamos a Dios. Sin nosotros ellos perderían su camino. Sin ellos no podríamos encontrar el nuestro.

 

El perdón es desconocido en el cielo, donde necesitarlo sería inconcebible. Sin embargo, en este mundo, el perdón es una corrección necesaria por todos los errores que hemos cometido. Ofrecer el perdón es la única manera de tenerlo, ya que refleja la ley del Cielo de que dar y recibir son lo mismo. El cielo es el estado natural de todos los Hijos de Dios tal como Él los creó. Esta es su realidad por siempre. No ha cambiado porque se haya olvidado.

 

El perdón es el medio por el cual recordaremos. A través del perdón el pensamiento del mundo se invierte. El mundo perdonado se convierte en la puerta del cielo, ya que por su misericordia, por fin podemos perdonarnos a nosotros mismos. No manteniendo a nadie prisionero de la culpa nos hacemos libres. Reconociendo a Cristo en todos nuestros hermanos reconocemos Su Presencia en nosotros mismos. Olvidando todos nuestros errores de percepción, y sin nada del pasado para detenernos, podemos recordar a Dios. Más allá de esto el aprendizaje no puede ir. Cuando estemos listos, Dios mismo tomará el último paso en nuestro regreso a Él.

 

 

 

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